Activistas de Greenpeace Canadá, Francia, Alemania y Brasil bloquearon hoy dos cintas transportadoras utilizadas para transferir el petróleo de una mina a cielo abierto a una planta de procesamiento de propiedad del gigante petrolero canadiense Suncor, exigiendo el cierre de las arenas de petróleo. Mirá la acción en vivo.

Las arenas de petróleo son una de las fuentes más sucias del planeta, y emiten 3-5 veces más que las emisiones de petróleo convencional solamente en la producción. Suncor es el segundo mayor emisor de gases de efecto invernadero con sus arenas de petróleo y está fuertemente financiado por numerosas instituciones financieras internacionales.
La acción de hoy ocurre 2 semanas después de que 25 activistas de Greenpeace consiguieron detener las operaciones de una mina propiedad de la empresa Shell y y a sólo una semana de que el ganador del Premio Nobel de la Paz y Jefe del Grupo Intergubernamental de Expertos de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (IPCC), Rajendra Pachauri, dijera que Canadá está fallando en sus acciones contra el cambio climático, y debe considerar la posibilidad de frenar el desarrollo de sus arenas de petróleo.



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One thought on “Activistas de Greenpeace bloquean al gigante petrolero Suncor en Canadá”

  1. Estimo que la nota es interesante y refuerza la postura del colectivo, un abrazo David
    Rebelion. La era del exceso energético o la vida después de la era del petróleo
    Portada :: Ecología social
    29-09-2009
    La era del exceso energético o la vida después de la era del petróleo
    Michael T. Klare
    Sin Permiso
    El debate actual gira en torno a una cuestión básica: si ya hemos alcanzado el
    pico de la producción de petróleo o si ello no ocurrirá, como mínimo, hasta la
    próxima década. De una cosa no hay dudas: estamos pasando de una era basada en
    petróleo como principal fuente de energía a otra en la que una proporción cada
    vez mayor de los insumos energéticos provendrán de energías alternativas, sobre
    todo, de energías renovables derivadas del sol, el viento o las olas. Ahora
    bien: ajústense los cinturones, porque será un viaje turbulento y bajo
    condiciones extremas.
    Sería ideal, naturalmente, si el paso del petróleo a sus sucesores más amigables
    en términos ecológicos se produjera suavemente, a través de un macro-sistema,
    bien coordinado e interconectado, de instalaciones de energía eólica, solar,
    mareomotriz, geotérmica y otras renovables. Desafortunadamente, es poco probable
    que esto ocurra. Lo más seguro es que antes atravesemos una era caracterizada
    por un excesivo recurso a las últimas y menos atractivas reservas de petróleo y
    carbón, así como a hidrocarburos “poco convencionales” pero altamente
    contaminantes, como las arenas bituminosas de Canadá y otras alternativas
    fósiles muy poco atractivas.
    No hay dudas de que a Barack Obama y a varios miembros del Congreso les gustaría
    acelerar el salto de la dependencia del petróleo a otras alternativas no
    contaminantes. Como el propio presidente dijo en enero, “nos comprometemos con
    la búsqueda firme, centrada y pragmática de unos Estados Unidos libres de la
    dependencia [del petróleo] y dotados de un nuevo modelo energético y económico
    que ponga a trabajar a millones de nuestros conciudadanos”. Ciertamente, de los
    787.000 millones de dólares del paquete de estímulos que firmó en el mes de
    febrero, 11.000 millones se destinaron a la modernización de la red eléctrica
    nacional, 14.000 millones a incentivos fiscales a las empresas que inviertan en
    energías renovables, 6.000 millones a programas estatales de mejora energética,
    y miles de millones más a investigación en materia de energías renovables. A
    estas medidas podrían sumársele otras similares en caso de que el Congreso
    apruebe el proyecto de ley sobre cambio climático. La versión del mismo que
    acaba de votar la Cámara de Representantes, por ejemplo, obliga a que en 2020 el
    20% de la producción eléctrica de los Estados Unidos provenga de energías
    renovables.
    Pero también hay malas noticias. Incluso si estas iniciativas prosperan, e
    inmediatamente se aprueban otras parecidas, todavía llevaría décadas reducir
    sustancialmente la dependencia estadounidense del petróleo y de otras energías
    contaminantes no renovables. Tal es nuestra demanda de energía y tan arraigados
    están los actuales sistemas de distribución de combustibles que consumimos que,
    salvo una sorpresa inesperada, lo que tenemos por delante son años en una tierra
    de nadie entre la era del petróleo y un eventual florecimiento de las energías
    renovables. A este ínterin podríamos llamarlo, por ponerle un nombre, era del
    exceso energético. Y lo más seguro es que, en todos los aspectos imaginables,
    desde los que tienen que ver con los precios hasta los vinculados al cambio
    climático, sean tiempos difíciles.
    Es inútil engañarse pensando en que esta nueva y sombría era traerá consigo
    muchas más turbinas eólicas, placas solares y vehículos híbridos. Es posible que
    la mayoría de nuevos edificios vengan equipados con paneles solares y que se
    construyan más trenes ligeros. Pero lo más probable es que, en materia de
    transportes, nuestra civilización siga dependiendo en lo fundamental de aviones,
    barcos, camiones y coches movidos por petróleo. Y lo mismo puede aplicarse al
    carbón en relación con la energía eléctrica. Buena parte de las infraestructuras
    para la producción y distribución de energía permanecerán intactas, incluso
    aunque las actuales fuentes de petróleo, carbón y gas natural comiencen a
    agotarse. Todo ello tendrá una consecuencia: nos forzará a confiar en fuentes
    fósiles hasta ahora no exploradas, mucho menos deseables y con frecuencia
    bastante menos accesibles.
    En las recientes proyecciones del Departamento de Energía sobre los niveles
    futuros de consumo energético en los Estados Unidos pueden verse algunos
    indicadores que anticipan esta combinación de combustibles en la nueva era.
    Según el Panorama Anual de la Energía para 2009 elaborado por el Departamento,
    se calcula que los Estados Unidos consumirán unos 114 cuatrillones de unidades
    termales británicas (UTB) de energía en 2030. De este total, un 37% provendrá
    del petróleo y otros líquidos disueltos en el petróleo; un 23% del carbón; un
    22% del gas natural; un 8% de la energía nuclear; un 3% de la energía hidráulica
    y sólo un 7% de la energía eólica y solar, de la biomasa y de otras fuentes
    renovables.
    Está claro que ninguno de estos datos permite prever un dramático abandono del
    petróleo y otros combustibles fósiles. Teniendo en cuenta la tendencia actual,
    el Departamento de Energía también prevé que incluso dentro de dos décadas, en
    2030, el petróleo, el gas natural y el carbón aún representarán el 82% del
    consumo primario de energía en los Estados Unidos, sólo dos puntos menos que en
    2009 (No es descartable, desde luego, que un cambio dramático en las prioridades
    nacionales e internacionales pueda conducir a un mayor crecimiento de las
    energías renovables en las próximas décadas. Pero a estas alturas, un escenario
    así es más una esperanza remota que un dato fiable).
    Aunque los combustibles de origen fósil seguirán siendo dominantes en 2030, la
    naturaleza de algunos de ellos, y la manera de adquirirlos, experimentarán
    cambios profundos. Actualmente, la mayor parte de nuestro petróleo y de nuestro
    gas natural proviene de fuentes “convencionales”: vastas reservas subterráneas
    halladas en tierras o costas poco profundas y relativamente accesibles. Estas
    reservas se pueden explotar de manera sencilla con tecnología conocida, sobre
    todo a través de versiones más o menos modernas de los enormes pozos petroleros
    que se hicieron famosos con la película There Will be Blood (Pozos de ambición,
    en castellano), estrenada de 2007.
    Como fuente de consumo global, sin embargo, la mayor parte de estos pozos están
    a punto de agotarse. Ello forzará a la industria energética a recurrir cada vez
    más a plataformas marinas que permitan buscar petróleo y gas a mayor
    profundidad, a arenas bituminosas, a petróleo y gas proveniente del Ártico y a
    gas extraído de rocas esquistosas a partir de técnicas altamente costosas y
    ambientalmente riesgosas.
    Según el Departamento de Energía, en el año 2030 estas fuentes no convencionales
    proporcionarán el 13% de la oferta mundial de petróleo (en comparación con
    apenas un 4% en 2007). Una tendencia similar se señala en materia de gas
    natural, sobre todo en los Estados Unidos, donde se calcula que el porcentaje de
    energía proveniente de fuentes no convencionales pero no renovables crecerá de
    un 47% a un 56% en el mismo período.
    La importancia de estas fuentes de aprovisionamiento es evidente para cualquiera
    que siga los periódicos especializados en el mercado de la industria petrolera o
    que simplemente lea de manera regular las páginas de negocios del Wall Street
    Journal. Al margen de ello, no se han dejado de anunciar grandes descubrimientos
    de nuevas reservas de gas y petróleo en sitios accesibles a las técnicas
    clásicas de perforación y conectados a mercados clave a través de tuberías o de
    rutas de comercialización ya existentes (o fuera de zonas de guerra activas,
    como Iraq, la región del Delta del Níger o Nigeria). Sin embargo, aunque los
    anuncios están ahí, prácticamente todos tienen que ver con reservas que se
    encuentran en el Ártico, en Siberia o en aguas muy profundas del Atlántico o del
    Golfo de México.
    Hace poco, por ejemplo, la prensa anunció a bombo y platillo grandes
    descubrimientos en el Golfo de México y en las costas de Brasil que en principio
    permitirían dar algo de oxigeno suplementario a la era del petróleo. El 2 de
    septiembre, la petrolera BP (la ex British Petroleum) anunció que había
    encontrado un yacimiento gigantesco en el Golfo de México, a unos 400 kilómetros
    al sudeste de Houston. Se calcula que cuando de aquí a unos años comience la
    explotación, la prospección Tiber puede llegar a producir cientos de miles de
    barriles de crudo por día, lo que reforzaría el status de BP como gran productor
    en zonas marinas. “Esto es grandioso”, comentó Chris Ruppel, un alto analista en
    materia de energía del Execution LLC, un banco de inversiones de Londres. “Las
    mejoras tecnológicas nos están permitiendo liberar recursos que nadie había
    descubierto o que resultaban demasiado costosos de explotar desde un punto de
    vista económico”.
    Con todo, si alguien concluyera que este yacimiento podría engrosar rápida o
    fácilmente los insumos de petróleo del país, se equivocaría por completo. Para
    comenzar, está situado a unos 10.600 metros de profundidad –más que la altura
    del Monte Everest, como apuntó un periodista del New York Times- y bastante por
    debajo del suelo del Golfo. Para llegar hasta el petróleo, los ingenieros de BP
    deberán perforar kilómetros de roca, sal y arena comprimida, y deberán recurrir
    para ello a un equipo muy costoso y sofisticado. Para poner las cosas aún más
    difíciles, Tiber se encuentra justo en medio de una zona del Golfo regularmente
    azotada por tormentas masivas y temporadas de huracanes. Cualquier perforadora,
    pues, que pretenda operar en la zona, deberá estar diseñada para resistir
    vientos y olas huracanados y para permanecer inactiva durante semanas cada vez
    que los operadores se vean forzados a evacuar la zona.
    En el caso del yacimiento de Tupi, el otro gran descubrimiento de los últimos
    años, la situación es similar. Situado a unos 320 kilómetros al este de Río de
    Janeiro en las profundidades del Océano Atlántico, Tupi ha sido a menudo
    descrito como el más grande yacimiento de petróleo descubierto en 40 años. Se
    calcula que podría albergar entre 5.000 y 8.000 millones de barriles de petróleo
    recuperable, una cantidad que catapultaría a Brasil a la primera línea de
    productores de petróleo. Siempre, claro, que los brasileños pudieran superar su
    propia desalentadora lista de obstáculos: el yacimiento de Tipi tiene encima
    unos 2500 metros de agua de mar y unos 4.000 metros de roca, arena y sal. Para
    acceder a él hacen falta tecnologías de perforación novísimas y
    super-sofisticadas. El coste estimado de toda la operación rondaría entre los
    70.000 y los 120.000 millones de dólares y exigiría años de dedicado esfuerzo.
    Si se consideran los elevados costes potenciales que comporta la recuperación de
    ésta últimas reservas de petróleo, no sorprende que las arenas bituminosas de
    Canadá sean la otra gran baza que el negocio del petróleo está dispuesto a
    jugar. No se trata de petróleo en sentido convencional, sino de una mezcla de
    arcilla, arena, agua y bitume (una forma muy pesada y densa de petróleo) cuya
    extracción exige la utilización de técnicas de perforación propias de la minería
    y cuya utilización como combustible líquido utilizable requiere un intenso
    tratamiento previo. En realidad, el que las grandes empresas energéticas se
    hayan disputado a codazos la compra de licencias para minar bitumen en la región
    de Athabasca o en el norte de Alberta sólo se explica por su convencimiento de
    que el petróleo convencional y fácilmente accesible se está agotando.
    El minado de arenas bituminosas y su conversión en combustibles líquidos
    utilizables es un proceso costoso y pleno de dificultades. La urgencia por
    recurrir a él, en realidad, dice bastante sobre el peculiar estado de
    dependencia energética en que nos encontramos. Los depósitos situados en la
    superficie pueden extraerse mediante minería a cielo abierto, pero los que se
    encuentran en zonas muy profundas del subsuelo exigen la utilización de vapor,
    primero, para separar el bitumen de la arena, y luego para extraer el bitumen.
    El proceso global consume enormes cantidades de agua y de gas natural
    (necesarios, precisamente, para convertir el agua en vapor). Una parte del agua
    utilizada proviene del propio yacimiento y se reaprovecha, pero una cantidad
    importante suele ir a dar a la red de abastecimiento de agua de Alberta del
    Norte, lo que ha generado el temor entre grupos ambientalistas acerca de una
    posible contaminación a gran escala.
    A estos inconvenientes pueden sumárseles otros, como el intenso proceso de
    deforestación que la minería a cielo abierto implica o el alto consumo de un
    bien preciado como el gas natural requerido para extraer el bitumen. Sin
    embargo, la demanda de productos derivados del petróleo que nuestra civilización
    ha desarrollado es tal que el objetivo es que las arenas bituminosas generen
    unos 4,2 millones de barriles de combustible por día –tres veces la cantidad que
    producen hoy- en 2030, incluso si ello supone devastar zonas enteras de Alberta,
    consumir cantidades ingentes de gas natural, potenciar la contaminación
    extensiva y sabotear los esfuerzos de Canadá para disminuir sus emisiones de
    gases de efecto invernadero.
    Al norte de Alberta es posible hallar otra fuente adicional de energía excesiva:
    gas y petróleo del Ártico. Si hace tiempo ya era difícil sobrevivir en la
    región, mucho menos se esperaba que produjera energía. Sin embargo, en la medida
    en que el calentamiento global ha facilitado a las empresas el acceso a las
    latitudes del Norte, el Ártico se ha convertido en objeto de una nueva fiebre
    petrolera. La compañía estatal noruega StatoilHydro gestiona actualmente el más
    importante yacimiento de gas natural del círculo ártico. Un sinnúmero de
    empresas de diferentes lugares del mundo, a su vez, tienen en mente realizar
    exploraciones en territorios árticos de Canadá, Groenlandia (administrados por
    Dinamarca), Rusia y los Estados Unidos. Hasta las perforaciones en las costas de
    Alaska podrían estar pronto a la orden del día.
    No será sencillo, empero, obtener petróleo y gas natural del Ártico. Incluso si
    el calentamiento global eleva las temperaturas y reduce el espesor de la capa de
    hielo polar, las condiciones para la actividad petrolífera en invierno
    continuarán siendo en extremo complicadas y riesgosas. Las tormentas feroces y
    los cambios bruscos de temperaturas continuarán siendo moneda corriente. Todo
    ello supondrá un alto riesgo para cualquier grupo humano desprovisto de los
    correspondientes equipos de seguridad y un evidente obstáculo para el transporte
    de energía.
    Nada de esto, en cualquier caso, ha conseguido disuadir a unas empresas que,
    ante el panorama de la inminente caída de los insumos petroleros, están
    totalmente dispuestas a zambullirse en aguas heladas. “Sin perjuicio de las
    condiciones adversas, el interés en las reservas de gas y de petróleo en el
    extremo norte no ha hecho sino aumentar”, constata Brian Baskin en el Wall
    Street Journal. “Prácticamente todos los productores ven el subsuelo del Ártico
    como la próxima gran fuente de recursos”. Lo que resulta cierto para el
    petróleo, lo es también para el gas natural y el carbón: la mayoría de los
    depósitos convencionales accesibles se están agotando rápidamente. Lo que queda
    son, básicamente, fuentes “no convencionales”.
    Los productores estadounidenses de gas natural, por ejemplo, han registrado un
    significativo aumento de la producción local, lo que ha provocado una
    disminución de precios considerable. Según el Departamento de Energía, se
    calcula que la producción de gas de los Estados Unidos pasará de los 20 billones
    de pies cúbicos en 2009 a los 24 billones en 2030. Una auténtica bendición para
    los consumidores norteamericanos, cuya calefacción doméstica y cuya electricidad
    dependen en buena medida del gas natural. En todo caso, el propio Departamento
    de Estado ha señalado también que “la mayor contribución al crecimiento de la
    producción de gas natural en los Estados Unidos ha provenido del gas natural no
    convencional, ya que la subida de precios y las mejoras en las tecnologías de
    perforación han proporcionado los incentivos económicos necesarios para la
    explotación de recursos más costosos”.
    La mayor parte del gas no convencional en los Estados Unidos se obtiene de
    arenas compactas, pero hay un porcentaje cada vez mayor que se extrae de rocas
    esquistosas a través de un proceso conocido como de fractura hidráulica. En
    virtud del mismo, se fuerza la entrada de agua en formaciones subterráneas de
    esquisto con el propósito de partir la roca y liberar el gas. Las cantidades de
    agua empleadas en este proceso son cuantiosas, y los ambientalistas temen que
    parte de la misma, lastrada de contaminantes, pueda acabar en las redes de
    suministro de agua potable. Por otro lado, hay muchas zonas en las que el agua
    como tal es un recurso escaso, de manera que la desviación de cantidades
    considerables para la extracción de gas bien puede disminuir las cantidades
    disponibles para agricultura, preservación del hábitat y consumo humano. Con
    todo, se calcula que la producción de gas proveniente de esquisto saltará de los
    dos billones de pies cúbicos anuales en 2009 a los cuatro billones en 2030.
    El panorama en materia de carbón es más o menos similar. Muchos ambientalistas
    han denunciado la quema de carbón, ya que genera más gases de efecto invernadero
    por BTU producida que cualquier otro combustible fósil. No obstante, la
    industria nacional de la electricidad continúa recurriendo al carbón porque
    sigue siendo relativamente barato y disponible. Lo cierto, en todo caso, es que
    las fuentes más productivas de antracita y carbón bituminoso –las que contienen
    el mayor potencial de energía- están exhaustas. Por tanto, y al igual que ocurre
    con el petróleo, lo que queda son sólo las fuentes menos productivas y vastos
    depósitos de un carbón con bajo contenido bituminoso, muy poco atractivo y
    altamente contaminante, en la zona de Wyoming.
    Para acceder a lo que resta del más valioso carbón bituminoso de los Apalaches,
    las compañías mineras recurren cada vez más a una técnica conocida como de
    remoción de la superficie de la montaña. John M. Broder, del New York Times, ha
    descrito este proceso como una “voladura de la superficie de las montañas en la
    que los restos de roca son arrojados a los valles y corrientes de agua”. No por
    casualidad, esta técnica ha sido fuertemente objetada por los ambientalistas y
    residentes de la zona rural de Kentucky del oeste de Virgina, cuyas fuentes de
    agua resultan amenazadas por el vertido de restos de roca, polvo y una variedad
    de contaminantes. En cambio, recibió el decidido apoyo de la Administración
    Bush, que en diciembre de 2008 aprobó una normativa que permitía ampliar
    extensivamente su uso. El Presidente Obama se ha comprometido a derogar esta
    normativa, pero para favorecer la utilización de “carbón limpio” como parte de
    una estrategia energética de transición. Queda por ver hasta donde podrá ceñir
    las bridas a la industria del carbón.
    En definitiva: no nos engañemos. Estamos lejos de entrar (al menos todavía) a la
    tan proclamada era de las energías renovables. Ese día glorioso llegará,
    eventualmente. Pero no hasta avanzado el siglo y no sin que la búsqueda febril
    de viejas formas de energía haya causado una considerable cantidad de daño al
    planeta.
    Mientras tanto, la era del exceso energético se caracterizará por una
    dependencia cada vez mayor de las fuentes menos accesibles y deseables de
    petróleo, carbón y gas natural. A lo largo de este período seguramente
    asistiremos a una intensa lucha en torno a las consecuencias ambientales del
    recurso a fuentes tan poco atractivas de energía. Las grandes empresas del
    petróleo y del carbón crecerán aún más, al tiempo que los relativamente
    moderados precios actuales del combustible y de la energía crecerán,
    principalmente como consecuencia de los elevados costes del proceso de
    extracción de petróleo, gas y carbón en áreas de difícil acceso.
    Sólo hay una cosa, desafortunadamente, segura: la era del exceso energético
    acarreará intensas batallas geopolíticas por el control de las fuentes
    remanentes entre los mayores productores y consumidores de energía, como los
    Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia, India y Japón. Rusia y Noruega,
    por ejemplo, ya tienen abierto un contencioso fronterizo en el mar de Barents,
    una promisoria fuente de gas natural en el extremo norte. China y Japón, por su
    parte, han tenido desencuentros similares en torno al Mar de China Oriental, un
    área que alberga otro gran yacimiento gasífero. Todos los países del Ártico
    –Canadá, Dinamarca, Noruega, Rusia y los Estados Unidos- han reclamado sus
    derechos sobre porciones muchas veces coincidentes del Océano Ártico, lo que ha
    generado inéditas disputas fronterizas en estas zonas ricas en energía.
    Ninguna de estas disputas ha derivado aún en un conflicto violento, pero ya han
    tenido lugar algunos despliegues de buques y aviones de guerra y es posible que
    los ánimos se caldeen a medida que aumente la consciencia del valor de los
    recursos en juego. No hay que olvidar, al mismo tiempo, que de hecho ya existen
    algunos puntos calientes ligados a la lucha por la energía en Nigeria, Oriente
    Medio y la Cuenca del Caspio. En la era de los límites energéticos que se
    avecina, por fin, tampoco pueden descartarse conflictos en torno a las cada vez
    más apetecibles zonas en las que la energía es simplemente accesible.
    Para muchos de nosotros, la vida en la era del exceso energético no será fácil.
    Los precios de la energía aumentarán, los peligros ambientales se multiplicarán,
    cantidades cada vez mayores de dióxido de carbono irán a parar a la atmósfera y
    el riesgo de conflictos crecerá. Sólo tenemos dos opciones para acortar esta
    complicada era y mitigar su impacto. Las dos son absolutamente obvias, lo cual,
    desafortunadamente, no hace más fácil su puesta en práctica: acelerar de manera
    drástica el desarrollo de fuentes de energía renovable y disminuir sensiblemente
    nuestra dependencia de los combustibles fósiles, reorganizando nuestras vidas y
    nuestra civilización de manera que tengamos que recurrir menos a ellos en todo
    lo que hagamos.
    Puede que esto suene demasiado sencillo, pero intenten decírselo a los que
    gobiernan el mundo. A las grandes empresas de la energía. Lo último que hay que
    perder es la esperanza, y hay que trabajar por ello. Pero mientras tanto,
    mantengan ajustados los cinturones de seguridad. El viaje en montaña rusa está a
    punto de comenzar.
    Michael T. Klare es profesor de estudios de Paz y Seguridad Mundial en el
    Hampshire College. Su último libro es Rising Powers, Shrinking Planet: The New
    Geopolitics of Energy (Metropolitan Books).
    Traducción para http://www.sinpermiso.info/: Xavier Layret
    Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=2788
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