El desastre nuclear de Fukushima, ocurrido el 11 de marzo de 2011, dejó a una población desvastada. El ritmo de vida no volvió a ser el de antes. Muchos ciudadanos perdieron su fuente de trabajo; y otros su hogar. La impotencia y la tristeza se apoderaron de sus rostros. En Fukushima, como dice la profesora Monma Sadako, afectada por la catástrofe, "la situación de alarma se ha convertido en lo habitual". Aquí, dos historias desde la tierra que quedó entre sombras.

Sadako es directora de una guardería en Fukushima con capacidad para 23 niños. Y aunque mantiene la calma, ve con mucha tristeza todo lo que ocurrió en el último año, luego de la explosión de la central nuclear. «Las familias se están yendo de aquí. Otras quedan divididas entre los que se quieren ir y los que no. Los que no han podido marcharse pasan los fines de semana en un refugio no contaminado", cuenta.

Enseña su radiómetro como un amuleto, y lo mira aliviada: sólo marca 0,01 miliservets. "El Gobierno dijo que iba a pagar una indemnización a los afectados, pero el dinero no va a solucionar el problema", explica. "Más que dinero, el mayor alivio que puede dar el Gobierno a la población es el desmantelamiento de las centrales nucleares y la firme promesa de no volver a construir más".

Tatsuko y su marido Shin fueron evacuados luego del desastre. Ni la empresa dueña de la planta nuclear ni el gobierno japonés pudieron dar respuesta a la contaminación radiactiva que sufre su granja, que permanecerá por miles de años. "Las autoridades nos dijeron al igual que a todo el mundo que era necesario abrir centrales nucleares par evitar el calentamiento global", dice "pero nunca nos explicaron cuáles eran los riesgos". Preocupada sobre todo por la salud de sus hijos, Tatsuko se lamenta por no haber sido lo suficientemente fuertes para resistir la instalación de una planta nuclear en su ciudad.

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