Foto: Greenpeace

Jen Maman es consejera para la paz en Greenpeace Internacional y  hoy escribió este texto con la colaboración de la Dra. Rianne Teule, experta en radiación nuclear y activista de Greenpeace y con Bunny McDiarmid, Directora Ejecutiva de Greenpeace Nueva Zelanda / Aotearoa para volver a expresar el rechazo de la organización a las armas nucleares,  Lo compartimos con ustedes:
A principios de este mes, los representantes de más de 130 gobiernos, agentes de las Naciones Unidas y la Cruz Roja se reunieron en Oslo invitados por el gobierno Noruego, para discutir las consecuencias humanas, ambientales y estructurales de las explosiones nucleares.
En Greenpeace seguimos luchando para frenar la proliferación de armas nucleares y no vamos a descansar hasta que erradiquemos su presencia por completo. Las armas nucleares han sido utilizadas dos veces y fueron testeadas en numerosas ocasiones. Y todavía los horrores de Hiroshima y Nagasaki no pusieron un fin a la carrera por adquirir armamento nuclear y probarlo, mostrando un completo desprecio por los derechos humanos y los hábitats naturales; tratando a poblaciones enteras como conejillos de Indias.
Tomemos el ejemplo del bello atolón de Rongelap, en las Islas Marshall. En 1985 los residentes de Rongelap le pidieron a Greenpeace que los ayude a relocalizarse. No tenían opción. Sus islas habían sido contaminadas en 1954 por un escape radioactivo producto de pruebas nucleares realizadas por Estados Unidos en una operación denominada “Bravo”. Durante los años siguientes a dicha prueba, muchas de las mujeres expuestas a la radiación sufrieron problemas reproductivos y muchas otras desarrollaron diferentes tipos de cáncer. El buque de Greenpeace, Rainbow Warrior, ayudó a los 350 residentes a abandonar la isla que poblaron durante miles de años y a reubicarse en otra isla. A principios de los años 90 los Estados Unidos reconocieron el daño causado a los habitantes del lugar y luego de largas batallas legales acordaron pagar algunas compensaciones. Casi 30 años después, los antiguos pobladores del atolón aún viven en el exilio.
El daño heredado de las pruebas nucleares de hace 60 años se siente aún hoy. Esto es lo que convierte a las explosiones nucleares en verdaderamente monstruosas: sus impactos no se pueden limpiar ni borrar –la contaminación creada por radiación impactará no sólo en aquellos que vivan en la región en ese momento, sino también en las generaciones futuras. No hay tecnología capaz de limpiar la radiación de forma eficiente. Persiste durante un largo período de tiempo y la limpieza es un proceso caro y peligroso de alcances limitados.
Hay otro doloroso paralelismo entre los impactos de las armas nucleares y los desastres nucleares: el impacto social. Luego de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, la gente en Fukushuma está siendo estigmatizada por algún sector de la prensa y sitios de Internet que sugieren que las mujeres de Fukushima son “bienes dañados”. La estigmatización atravesará varias generaciones.  Por el bien de nuestros hijos y el de las generaciones futuras, debemos parar a nuestros el desarrollo de nuestros gobiernos en este ámbito, y elegir un futuro más verde y pacífico.
 

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