Sol es un voluntaria del grupo de Buenos Aires y por primera vez tuvo la experiencia de ser tripulante a bordo de unos de los barcos insignia de Greenpeace, el Arctic Sunrise. En un viaje desde el sur de Chile hasta México las sensaciones son inmensas y Sol comparte en este relato en primera persona sus sensaciones, aprendizajes y agradecimiento.

“En primer lugar soy Sol. Empecé como voluntaria de Greenpeace colaborando en el área de Logística en el año 2013, porque me gustaba mucho hacer manualidades y artesanías. Pero jamás imaginé lo que iba a ser ese Taller para mí, un lugar de personas hermosas, de crecimiento y aprendizaje constante. Allí aprendí a construir “banners”: ese simple cartel que para nosotras las activistas es tan importante ya que sin él no tenemos mensaje de campaña que mostrar en las acciones. Allí también aprendí todo lo que es el trabajo de herrería, a usar máquinas,a soldar, a hacer estructuras. Gracias a todo eso hoy por hoy trabajo en el taller como herrera y también gracias a toda la experiencia adquirida en mi querida oficina de Argentina llegué a poder embarcarme como voluntaria del barco Arctic Sunrise.

Me fui de Buenos Aires, no les voy a mentir, con una emoción terrible. Sabía que lo que venía iba a ser increíble pero también con miedos, como por ejemplo al idioma inglés (¿Me entenderán? ¿Yo les entenderé cuando me den alguna indicación?). Pero me fui relajando cuando me enteré que embarcaría con amigos. Grandes amigos que hice gracias al voluntariado: Pablito, siempre dispuesto a mostrarte el barco si hacía falta cien veces, Diego, siempre listo a enseñarnos con toda su paciencia. Y Bryan, con quien nos hicimos super cómplices, trabajando y obvio en los ratos libres que no faltaban las charlas en la cubierta de vuelo, con mates de por medio.

Llegué a Chile, un fin de semana, a Puerto Natales. Después del cierre de tour zarparíamos  rumbo al norte, hacia Ensenada un puerto al Norte de México muy cerca de la Frontera con Estados Unidos. Se venían 30 días de alta mar sin tocar puerto. Los primeros días fueron super tranquilos ya que estábamos cruzando los canales de los fiordos, hasta que salimos al Golfo de Penas, teníamos que cruzarlo para salir al Pacífico; El mal tiempo recuerdo que empezó por la noche, ya estábamos acostados. Por esta razón no sufrí malestar, pero a la mañana siguiente, cuando comenzábamos el día de trabajo, ¡no me podía mantener quieta! Todo el tiempo teníamos que andar agarrados obviamente me empecé a sentir mal, vuelta a la cama, no podíamos trabajar. Así estuve unos dos días, a veces salía a dar una vuelta por el barco para ver cómo me iba sintiendo y de a poco fui mejorando, por suerte algo que acompañó mucho fue la calidez de la tripulación, siempre ahí atentos al pie de lo que requiera, era mi primera vez a bordo y con mal tiempo.

Los días fueron pasando y mi cuerpo se acostumbró al movimiento constante, a los rolidos y a los cabezazos que eran los movimientos que tenía el barco. De a poco fuimos aprendiendo mucho de náutica, desde nudos, simulacros de cómo actuar en diferentes casos y entrenamientos que teníamos con los gomones.

Los días cada vez eran más cálidos mientras nos acercábamos al Ecuador y, con el pasar del tiempo, ibas conociendo mejor al resto de la tripulación. Algunos se animaron a probar los mates argentinos, siempre listos. Se asombraban de que en cada momento libre estaba tomando unos ricos mates, ya sea por la noche viendo las estrellas, en las guardias un gran compañero para mantenernos despiertas a mí y a la 3ra oficial con la que nos hicimos muy compinches, estaba fascinada con toda la cultura del mate.

Y así fueron pasando las semanas, yo estaba encantada. Cada día aprendíamos cosas nuevas tanto como en el trabajo, y en lo personal ya que eramos 18 personas de distintas nacionalidades. La verdad para mí fue una experiencia increíble ojalá todos los voluntarios puedan tener la experiencia de vivir un embarque ya que es algo muy enriquecedor.

Abrazo enorme Sol.

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