El coordinador de acciones de Greenpeace Argentina Sergio Domingo, escribió unas palabras contando su experiencia a bordo de una de las embarcaciones de nuestra organización, el Esperanza, donde viajó hacia Haití para colaborar con la Fundación Médicos sin Fronteras en la ayuda a los damnificados de una de las peores catástrofes naturales en la historia de América Latina.

Recién vuelvo de mi travesía por Haití. Quise escribirles antes pero no podía, por cuestiones técnicas y de cómo se quería manejar la comunicación en una situación tan delicada, hablar del tema hasta mi vuelta.

Nunca pensé llegar a Haití, cuando salí de Buenos Aires partí con la idea de quedarme 3 semanas en Curaçao, en las Antillas Holandesas para hacer dos entrenamientos a bordo de uno de los barcos de Greenpeace, el MY Esperanza, y perfeccionar mi trabajo como coordinador de acciones en la oficina de Greenpeace Argentina. Pero todo resultó distinto: cuando llegué al barco lo primero que me dijeron fue que el entrenamiento se suspendía y que me tenía que volver al día siguiente porque se unía como soporte a Médicos sin Fronteras para prestar ayuda en la catástrofe de Haití.

En ese momento sentí que tenía que estar, ayudar en lo que fuera necesario. Inmediatamente pedí estar en ese viaje, sabía que las posibilidades eran pocas porque no había más lugares, pero insistí y tuve la suerte de que un tripulante abandonaba el barco. Ahí ingresé en su lugar como marinero y el trabajo comenzó.
Cargamos materiales, frazadas, mantas, alimentos, combustible y distintos elementos necesarios para la campaña que se emprendía y arrancamos la travesía. Nos alertaron de la situación sanitaria y de violencia que se estaba viviendo, de que las tropas de la marina estadounidense estaban allí y que se había producido un nuevo sismo en la isla de 6,2 en la escala de Richter. Realmente cosas que cuando uno las lee en un diario o las ve por televisión las toma de otra forma. Allí se vivían de manera diferente, no era miedo lo que sentía sino el saber que me iba a encontrar con una realidad que nunca había visto y difícilmente me podía imaginar.

El viaje a Haití nos llevó 3 días y medio, y cuánto más cerca estábamos cada vez más la incertidumbre se transformaba en ansiedad por llegar a tierra y poder hacer algo. Cuando íbamos llegando, veíamos desde nuestra embarcación como, poco a poco, iban apareciendo más y más construcciones cerca de la costa, y comenzaban a verse algunas balsas pequeñas e improvisadas. Balsas rebalsadas de seres humanos queriendo escapar hacia aguas seguras y territorios menos complicados. Muchos helicópteros, aviones y gomones estaban ya en la zona.

Pintando banderas en el Esperanza.

Haitianos escapando a zonas más seguras.

También se comenzaba a ver de cerca lo que el terremoto había producido en el país centroamericano. En el camino a nuestro lugar, se podía apreciar la destrucción de la zona portuaria de la ciudad. Las balsas de la gente que pescaba se aproximaban a ellos, en busca de algo para abastecerse. Las grúas del puerto, inmensas estructuras de hierro, se veían flotando a dos aguas sobre la costa, como si las hubieran hundido con una mano desde el cielo. El escenario era terrible, por decir lo menos.

Las grietas que dejó el terremoto en el puerto.

Amarramos finalmente en Puerto Príncipe a 7 Km. del epicentro del terremoto y allí nos unimos a MSF para empezar el trabajo. Previamente habíamos estado confeccionando banderas con el logo de Médicos Sin Fronteras, para poder identificar en la zona de catástrofe de quién era el barco y para quién estaba trabajando. Durante la maniobra de amarre yo fui hacia la amarra de popa (la parte trasera del barco), a colaborar desde allí.
Una vez realizada esa tarea comenzó nuestra ardua labor: no reparábamos en el sacrificio, no pensábamos, sólo nos movíamos con agilidad porque todos sabíamos que había que bajar la carga y rápido. Había gente sufriendo que necesitaba cuanto antes los materiales. Comenzamos a descargar, pero enseguida contamos con la ayuda de muchas personas allí presentes. Eran haitianos, ciudadanos que estaban viviendo esta catástrofe en carne propia. Sabían que la ayuda era para ellos y estaban dispuestos a colaborar en este duro trabajo.
El barco comenzó a descargar lo que se podía con las grúas y el resto era un constante pase de mano a mano de los elementos. Esto se transformó en una larga cadena en donde por momentos tenía a un compañero de la tripulación a mi lado, por momentos a militares de otros países, y por momentos a gente local. En cuanto el tiempo nos permitía nos mirábamos, una sonrisa compasiva de ambos, un saludo de manos y una breve presentación con nuestros nombres. Eso fue todo, pero realmente me sentí muy útil, y ellos se encargaron de agradecernos personalmente. Aquí les comparto algunas fotos, las que están en blanco y negro las tomó Daniel Maykot, un miembro de la tripulación, las a color las saqué yo.

El trabajo no terminó allí, continuamos durante todo el día, prácticamente sin parar. En los pequeños momentos libres pude conversar un poco con la gente que nos ayudaba. Nos tratábamos de comunicar como podíamos, entre su francés y mi inglés, y me contaban como estaba todo allá, señalando la ciudad. “Un desastre, no hay agua, no hay comida, todo destruido”. Realmente sentí dolor, luego me pedían las zapatillas, colchones, me contaban cómo eran sus familias, lo mal que estaban. Yo trataba de imaginarme el padecimiento de esa gente.
Fue un día entero de trabajo, sacrificio y dolor y todos estábamos ansiosos por seguir ayudando, pero todo estaba supeditado a las necesidades que hubiera y debíamos esperar nuevas indicaciones a seguir.
Así fue que al día siguiente tuvimos una reunión en donde nos actualizaron la información. Nos comunicaron que nuestra ayuda hacia MSF se había completado y se mostraron sinceramente agradecidos por la colaboración que Greenpeace había brindado.
Dispuestos a ofrecer nuestra ayuda como barco de carga o lo que fuere hasta el el Esperanza fue ofrecido a distintas organizaciones que estaban trabajando en la zona, sin mucho éxito por desgracia. Lo positivo quizás de esta respuesta fue que realmente había mucha ayuda de distinto tipo disponible. El barco, con toda la estructura que tiene, pero también la que requiere, no era necesario.
Nuestro objetivo se había cumplido y nuestra tarea en Haití finalizaba. Quizás la gran expectativa creada en todos nosotros trajo alguna desazón, pero hicimos todos, desde cada uno de nuestros lugares, lo que pudimos para ayudar y nos pusimos al servicio del objetivo que no era otro que hacerle algo más fácil la vida a esta gente después de tamaña tragedia. La estadía fue corta pero todos nos destacaron la utilidad que tuvo.
Finalmente, volvimos a Curaçao para continuar con la agenda prevista anteriormente.
Con el pasar de los días, las emociones fueron decantando y pude darme cuenta realmente de lo que fue estar allí, de la posibilidad de decir presente aunque la estadía haya sido más corta y distinta a lo que esperaba. Pero es un primer paso, un comienzo a nivel personal y profesional y quería compartirlo con ustedes.
Sergio


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3 thoughts on “Un activista en Haití”

  1. Que bueno que hayas tenido tamaña oportunidad de brindarte a los que necesitan tanta ayuda en Haití! Un Gracias enorme! que Dios te bendiga.
    Ana Luisa Daher

  2. hola.Esto no tiene que ver con el tema pero les queria decir que por favor a mi me encantan los erizos y he visto que los estan vendiendo por mercado libre. está mal los venden al interior con apenas 46 días de nacidos y no se a para que fines pueden ser para mascotas o para cosas peores por favor ayudenos a salvarlos.

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