Rosemary Penwarden es madre, abuela e hija de una familia de campesinos. Está dentro de una tubería para protestar contra la expansión de un sistema de riego intensivo en la región de Canterbury en Nueva Zelanda. Rosemary te cuenta la historia en primera persona. Es inspiradora y demuestra cómo cada uno desde su lugar puede llevar adelante acciones para que tengamos un planeta mejor. Seguí leyendo y enterate más.

Estoy dentro de una tubería en la llanura de Canterbury con Olga, de Greenpeace. Cada una de nosotras está “atada” a este tubo de riego de dos metros y medio. Estamos entre los ríos Rakaia y Waimakariri y esta tubería es una de las que se están extendiendo ahora mismo a lo largo de la llanura de Canterbury para generar un sistema de riego para el cultivo y así poder alimentar más vacas.

Ahora que la adrenalina bajó un poco y nos amigamos con el entorno, Olga y yo nos turnamos para sentarnos en la única silla que tenemos. Constantemente siento un ruido por encima de mi cabeza: son piedras que se estrellan contra la tubería desde el exterior.  
Los glaciares se derritieron y se fueron retirando de esta zona hace 18 mil años. Los ríos y varios metros de roca aún persisten y conforman lo que hoy es la llanura de Canterbury.

En esta zona se ubica el Régimen Comunitario de Riego que ya completó su etapa 1 de construcción y ahora planea expandirse aún más. Al oeste de la tubería en la que estoy se encuentran los Alpes del sur. A mi izquierda escondida en las colinas de Malvern, la empresa Bathurst Resources está minando carbón. Y detrás mío está el río Selwyn.  
A mi hija le recomendaron no tomar agua de Ashburton mientras estaba embarazada por los altos niveles de nitratos. Cerca de la ciudad de Christchurch todavía permanecen las mejores aguas del país: aguas puras y sin tratar. Siempre relleno mis botellas con esta agua cuando visito el lugar. Ahora el grupo industrial Agua de Nueva Zelanda recomienda tratar esas aguas para evitar un brote de enfermedades como el que ocurrió el año pasado en Havelock Norte.
Ya estamos enfermos por el agua. El año pasado se publicó un informe que sostiene que alrededor de 34 mil personas de Canterbury sufren cada año enfermedades a causa del agua.
Dentro de la tubería Olga y yo compartimos historias y masajes. La policía nos visita y nos advierte sobre la posibilidad inminente de una inundación en la tubería. “¿Qué pasaría si alguna tiene un ataque al corazón?”, pregunta uno de los oficiales. Le agradecemos su preocupación y le contamos que vamos a quedarnos allí.
Escuchamos los pasos de una de las personas que trabaja en el sistema de riego. “Dos mujeres en la tubería…” alcanzamos a entender junto con otras inaudibles palabras. Baja por la escalera, asoma su cabeza por la cañería y pregunta respetuosamente si estamos bien. Le decimos que sí. Nos advierte nuevamente sobre la inundación y se va.
Cada vez hace más frío. Estamos agradecidas de estar “bajo techo” y nuestra motivación está bien alta. Estoy acá adentro representando a 90 mil neozelandeses que firmaron una petición en contra de los 480 millones de dólares que el gobierno está invirtiendo para subsidiar los regímenes de riego.

Nuestros impuestos son los que van a mantener a este y a ocho proyectos de riego más, junto con la ayuda del gobierno. El Lago Ellesmere y el río Selwyn van a pagar el precio. Y no solo ellos. También lo harán mi hija y todas las personas de Canterbury.
Creo que mis años como representante sindical son los que me dieron el coraje para estar aquí hoy. He visto con mis propios ojos los efectos del poder de la gente, cómo si nos unimos por una buena causa podemos ganar. Confío que podemos parar este proyecto de riego intensivo.  Podemos cambiar hacia un modelo de ganadería que nos permita reabastecer nuestros ríos y cuidar los recursos para nuestros nietos.
¿Qué opinás de esta nota? ¿Querés saber más sobre la historia? Aquí hay más información (en inglés).
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